lunes, 18 de abril de 2011

Improperios

Se vieron por la mañana, charlaron, se miraron, idearon… poco más.
Por la tarde-noche volvieron a verse, desde posiciones distintas. Él dentro, ella fuera. Quedaron para verse en un ratito, mientras él la dejaba al cuidado de sus camaradas. Pero sus camaradas no la cuidaron demasiado, (bueno, si la cuidaron, pero ellos también tenían sus necesidades y debían saciarlas a golpe de tequila), así que tuvo que llamarle para informarle de sus movimientos.

Cambiaron de lugar, y se encontraron todos ahí, menos él. Entre todos mataron la noche a base de Arehucas, cervezas y tapones de Jack Daniels, y cuando ya se iban de ahí apareció él, sonriente, feliz.
Él se quedó dentro, mientras ella y uno de los camaradas de él, apuraban en la calle los últimos tragos de su botellín. Él, dentro, destaponaba una botella de agua. Salió, caminó hacia ella y, con dulzura, observó la rodilla de ella, con una mezcla de asco, grima, dolor y compasión en su mirada.

Caminaron.

El pelotón se paró en medio de la calle. Él, decidido, defendía la idea de marcharse al hotel; los demás nos opusimos. Aún quedaba una última copa en el bar de la calle paralela. Mientras se discutía el plan, ella decidió jugar con su querido juguetito del frenillo y él, con la cara que siempre pone, se quedó observándolo.

- Pues al besar no se nota, al menos si tiene piercing en la lengua el otro.
- ¡¿Cómo?! ¿Qué se me han adelantado? Yo tenía que estrenarlo :(

Para convencerle, ella le agarró el bracito, con cariño, sabía que después de lo que le acababa de decir esa era la solución. Aceptó encantado. No tenía ninguna intención de irse al hotel sólo…

Entraron, observaron el panorama. Los camaradas de él y la de ella, marcharon “al fondo a la derecha”, así que ellos estuvieron esperándoles, sin saber realmente dónde estaban, mientras ella se congelaba por el frío aire que salía del techo y él la agarraba para que se calmase.

Salieron a los 3 minutos de estar ahí. Dirección: hotel. La compañera de ella sabía que eso no era lo correcto, al día siguiente tendrían que dar explicaciones y no estaba por la labor. Pero el poder de convicción de unos y de otros, y las propias ganas que tenía fueron suficientes para no cambiar la ruta y no tomar la dirección contraria a la de los acompañantes.

Caminaron. Ella, sin saber muy bien por qué, comenzó a mostrar su cochino arte por el camino, dejando a todos flipados, descojonados… pero, oye, ella se acababa de ganar a los tres. Y lo sabía. Sabe que con eso consigue que todos la miren de otra forma… es raro ver algo así en una mujer. (Seguían caminando con los brazos entrelazados).

Entraron. Comenzaron los gritos. Uno de los camaradas del inicio (a partir de ahora será bautizado como Camarada 1) desde arriba gritaba al camarada (Camarada 2) que estaba abajo, mientras el de seguridad suplicaba que no se armase jaleo (te invito a pisar los charcos desde mi hotel hasta tu barrio!). Ascensor. Camarada 2 y su colegui se dispersan, intentan entrar en puertas ajenas. Mientras tanto, los demás se van a la habitación. Entran. Lo primero que ve es una Fender encima de la cama. Duda. Se pone nerviosa. Sabe que no debería, pero se sienta y empieza a tocar flojito, no muy alto, que la pueden escuchar. Vuelven. Coge la guitarra Camarada 2. Wow.

Él, cansadico, se tumba en la cama. Ella sigue sentada, no le parece lo correcto (no de momento). Charlan. Se ríen. ‘Me voy, que mañana tengo que ir a Misa’. Risacas a más no poder. Ha llegado el momento en el que ella decide posar su espalda sobre las sábanas, así se está más a gusto. Continúan charlando, disfrutando de la compañía. Ella estira el brazo derecho. Él hace lo mismo con el izquierdo. Poquito a poco, las manos se van acercando, hasta que se entrelazan. Se quedan así un buen rato, mientras él va cerrando los ojitos poco a poco. Entra Camarada 1. ‘¡Mírales! ¡Pero si están de la manita!’. Difícil situación cuando él decide sentarse al lado de ella. No importa, cada uno a lo suyo. Agarra la Fender, ella se queda anonadada, pero no suelta la mano de él.

Vuelven los momentos estelares de ella. Camarada 1 se queda completamente alucinado. No puede parar de reír. La abraza. ‘Tía, eres mi ídola. Te voy a llevar de gira conmigo! Di “Pene”. Ahora algo más fuerte… “Testículo”, jajajajajaja’. La habitación estalla en risas. Han llegado a un punto en el que ya todo da igual, lo que tenga que ser, será.

Él gira su cuerpo un poquito. Su pierna pasa por encima de la de ella. Se quedan quietos, pero sus manos siguen moviéndose. Los dedos se acarician. Les gusta mucho la sensación.

- ¿Y si apagáis alguna luz no estaréis mejor?

Él estira el brazo derecho y apaga la lucecita que tienen al lado. Sus manos siguen entrelazadas, sus miradas se cruzan. Se acercan poco a poco. Se besan. Sus labios bailan a la vez, y las lenguas juegan al pilla pilla. A pesar de la situación y la compañía, ella consiguió estar a gusto, sin incomodarse. Todo lo contrario, estaba muy cómoda con él, a pesar de escuchar comentarios al respecto de la situación de los demás acompañantes.

- ¡EH! ¡PUES EL PIERCING SE NOTA!

Risas por parte de todos. Siguen a los suyo.

Camarada 2 abandona la habitación. Ellos continúan; ya nada les importa. La noche sigue adelante, ellos también. Los besos cada vez se vuelven más pasionales, con más fuego.

[…]

Él se levanta, vuelve a la cama con ella, que le esperaba tapada con la manta.

- Estás ardiendo, pareces una estufa.

Posa su mano en la frente de ella para ver si no se estaba poniendo malita, con fiebre. Ella asegura que está bien, pero él insiste en que su cuerpo arde.

- En serio, estás a 40 grados…
- Estoy bien, no te preocupes. Es el momento.
- ¿Segura?
- De verdad, estoy perfecta. Mejor imposible.

Siguieron abrazaditos. Sus cuerpos se tocaban; las bocas se buscaban buscando un beso de despedida.

1 comentario:

annita dijo...

relatos... recuerdos... ;)

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