miércoles, 6 de abril de 2011

Besos en el cuello

Se sentaron en el sucio suelo, pero no les importó manchar sus pantalones con la porquería de la calle; era mejor opción que quedarse de pie. El frío invadió su cuerpo, que se movía a ritmo de rock a causa de la tiritona que la baja temperatura le provocaba. Ella, para no verle así, sacó de su bolso su pañuelo y chaqueta; él los aceptó. Ahora bien, ella no sabía que, mientras él apuraba las últimas caladas de su cigarro, sería su cuerpo quien tiritaría. La vió, así que tomó la decisión de pasar su brazo alrededor de su cintura, pegando el cuerpo de ella a su pecho par actuar de cortavientos. Fumaron abrazados.

Entraron de nuevo en aquel local del que habían salido a manchar sus pulmones. Él se reía de ella, de su poco campo de visión. Se lo pasaba tan bien quitándola sus gafas y pasando sus manos delante de su cara, vacilándola, acariciando con fuerza sus facciones que ella no podía hacer más que limitarse a reir. Se divertía parándose delante de ella, a menos de 7 centímetros, y mirándola a los ojos con fuerza mientras sus manos se entrelazaban. Y bebieron. Brindaron y rieron. Aprendió de él cómo hacer bien una cejilla y, a pesar de casi romperla el dedo para ello, fue el mejor maestro que ha tenido nunca.

Y salieron.

Caminaron abrazados; ya no sabían si se abrazaban por el frío o porque sus cuerpos se atrían. Tal vez una fuerza mayor les impulsaba a unirse. La mano de él comenzó a moverse por su espalda, haciéndose un hueco entre la camiseta y la piel. A ella le gustó. Sí, y no quería que parase, aunque supiese que eso no estaba del todo bien. Pero, ¿qué iba a hacer si a él le gustaba tocarla y a ella le gustaban sus manos? Hay impulsos contra los que es mejor no luchar.

Se paró en seco. Ella con él. Él sacó su mano derecha del bolsillo, giró su cuerpo 45º y la abrazó con fuerza, minetras su boca se deslizaba con cuidado por su cuello y lo besaba.

Los besos en el cuello. Zona peligrosa. Él no sabía que a ella se le compraba con ellos, que eran su perdición y que una vez que empieza le cuesta parar. O tal vez si que lo supiese y lo hacía a conciencia, tratando de buscar un desliz.

Sonrió. Ella le miró a los ojos, con esa media sonrisa que se le pone cuando ha bebido, y volvió a abrazarle. Amabas bocas buscaron los cuellos del otro. Siguieron caminando con las manos bajo las camisetas.

Continuaron bebiendo, riendo, hablando, brindado.... pero su cuerpos no se separaban. Las manos de ambos buscaban las piernas del otro para deslizarlas por ellas. Se acariciaban con dulzura, se miraban con ganas. Ella, sin querer reprimirse, le besaba esporádicamente la mejilla, agarrándole por el cuello. No eran besos cualquiera, no. En los labios de ella ardía la pasión inexplicable, y en las mejillas de él, receptivas, ardían las ganas.

Salieron de nuevo, entre abrazos, a la calle. Ambos sabían que se tenían que despedir en contados minutos, así que aprovecharon al máximo el camino que les quedaba juntos hasta llegar al destino de ella. Los abrazos se volvieron más frecuentes, ahora llenos de vitalidad, cargados de cariño, alcohol y rock and roll. Las manos seguían jugueteando, buscándose, escondiéndose tras la ropa, yendo cada vez más abajo. ¡TSCH! Quietos, que estáis en la calle y no estáis sólos. Un poquito de consideración, demonios.
Los besos en el cuello iban y venían, los corazones se agitaban con cada roce.

Llegaron a su destino.

Se separaron durante un par de minutos. El cuerpo de ella echaba de menos el de él. Deseaba que volviese a su lado, sentir sus brazos rodeando su cuerpo, su mirada posada en la suya. Sentir el pálpito en su manos.

Volvió, la abrazó con fuerza durante un tiempo mayor a todos los anteriores. Los besos en el cuello se volvieron más intensos. Los cuerpos se sentían, ellos se notaban. Los brazos de él rodeaban la cintura de ella con fuerza, mientras ella rozaba con su boca todo su cuello.

Entonces, él posó sus labios sobre los de ella.

1 comentario:

Condesa Bathory dijo...

Me encanta. Escribes realmente bien.
Un saludo!

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